En Marzo de 1793 los sacerdotes subsistentes en territorio francés que se negaron a jurar la Constitución Civil del Clero —llamados curas refractarios— quedan condenados a muerte. Estas medidas causan la salida de más de cuarenta mil exiliados de condición religiosa, seis mil de los cuales recalan en España y ayudarán a acrecentar desde el catolicismo español un sentimiento contrario al revolucionario francés.
A partir del 6 de noviembre de 1793, la Convención permite la supresión del culto y los miembros del clero constitucional se ven obligados por las circunstancias adversas a renunciar a sus cargos. El único culto cristiano que permanece es el que se celebra de forma clandestina.
El 23 de noviembre de 1793 se decreta que todas las iglesias y templos serían cerrados.
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