
La revolución francesa se caracteriza por la idea de la rebelión del hombre frente a Dios. Así, con la finalidad de desmantelar la Iglesia Católica, Apostólica y Romana van sucediendo una serie de dispocisiones revolucionarias.
Estas medidas, que anulan en definitiva el poder de la Iglesia Católica en Francia, tienen diversas consecuencias, tales como: la separación Iglesia-Estado y la formación del primer Estado aconfesional, y asistencia de la Iglesia y la manutención del clero por el Estado.
Esta última consecuencia —la desamortización de los bienes de la Iglesia— la lleva a la pérdida de su independencia económica.
Esta última consecuencia —la desamortización de los bienes de la Iglesia— la lleva a la pérdida de su independencia económica.
Se obliga a jurar la Constitución a obispos, sacerdotes y religiosos, con lo cual se origina un cisma. Se persigue a quienes no juran. La enseñanza, antes muy dirigida por la Iglesia, ahora es pública y laica.
Estas medidas que eliminan a la Iglesia Católica francesa cuentan con la total oposición del Papa Pío VI, con lo que se da comienzo al cisma de una iglesia galicana subordinada al poder civil, al margen de la autoridad pontificia, de estructura episcopalista y presbiteriana, donde los obispos y los párrocos eran elegidos por el pueblo y los nombramientos episcopales serían solamente notificados a Roma.
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